Del recital de Silvio Rodríguez en Santa Cruz

2013

Tengo el agrado de transcribir un artículo publicado el Domingo 21 de Abril en el suplemento Ramona del periódico Opinión de Cochabamba, sobre el recital brindado por Silvio Rodríguez en la ciudad de Santa Cruz. Lo doy a conocer pues lo considero como un artículo “distinto” al que nos tienen acostumbrados los “entendidos culturales” de las páginas de los periódicos locales quienes solamente hacen una relación de los hechos sin entrar en cosas más importantes como las reflejadas en estas líneas.

SOBRE CANTOS Y ARENAS (Richard Trewhella)

Supongo que todos los que aquella noche vibramos con la infinita guitarra de Silvio, todos los que lloramos en el fondo del alma al oír la voz tan querida, aquella voz ya madura, y sin embargo tan frágil como poderosa a la vez, la voz del pajarillo… supongo que todos nosotros, toda la muchedumbre que aquella noche elevamos incansablemente nuestro coro hacia la bóveda del cielo, guardamos una íntima y secreta relación con el trovador cubano, una fibra emotiva que habla de la historia de cada uno. Recuerdo que mi primer encuentro con la música de Silvio, cuando no tendría más de quince años, fue con el hallazgo azaroso de una canción (“Canción urgente para Nicaragua”) al estar pasando yo por una calle desierta. Recuerdo que su interpelador canto se desprendía de una ventana abierta, de quien sabe qué insomne soñador, y experimenté entonces una completa captura. Me quedé escuchando la canción al borde de la ventana, decidido a encontrar el nombre del que hacía esas canciones, decidido a darle un sentido a mis errantes años de adolescente. Estoy convencido de que aquel encuentro, azaroso, modificó el curso de mi vida. Sé que algo así también experimentaron, que algo así recordaron, todos aquellos que aquella noche entonaron su secreta plegaria al trovador.

Comúnmente se suele clasificar la música de Silvio como “música protesta”, como “música social y progresista” y, las más de las veces, como “revolucionaria”. Pues bien, pienso yo, que todo ese decir es correcto, pero es más que eso, mucho más. Hay canciones que desafían cualquier clasificación, hay canciones que destrozan toda clasificación, que se encumbran hacia una montaña inexistente y de oro, que enuncian preguntas para cuya respuesta habrá que trajinar largos años de vida. Hay canciones que solamente ahora puedo comprender, hay canciones que solamente ahora puedo hacer mías. Hay canciones que envejecen como el vino, que sólo ahora, cuando el tiempo me habla desde un impiadoso espejo, puedo entonar con un leve matiz de júbilo. Hay canciones que yo le cantaría a la vida en retroceso, que le cantaría a la mujer que tanto amé, que solamente ahora podría cantarle, ahora que comprendo el ascenso y el declive, hay piezas que piden ser cantadas como si yo estuviese “Con diez años de menos”.

Cuantiosas veces le preguntaron a Silvio por la razón de sus canciones, por el “tema” que le inspiraban. ¡Como si el arte tuviera un tema! ¡Cómo si la vida no tuviese un “tema” para ser cantado! En sus malos momentos, en sus momentos de artista importunado por preguntas fáciles, Silvio guardó un silencio hostil y reticente; en los buenos, se mandó una preciosa perorata (como en una hermosa entrevista que yo guardo celosamente), y en los que se declaraba artista/lector marxista de la historia, y decía: “Yo canto por goce y por conciencia. Pero yo soy un hombre con su visión del mundo, un hombre que ha tomado partido. De lo que resulta que estoy invitando a todos a sumarse a mi bando, que es el bando de la Revolución y la Belleza”. No se puede negar la estrecha copertenencia del arte con el tiempo histórico (al respecto Silvio jamás negó la influencia artística que sobre sí tuvieron Sindo Garay y Chico Buarque, The Beatles y Bob Dylan, e incluso Beethoven). Pero lo que resulta es que, armando canciones con ese material heredado, con esa arcilla que edificaron su cuerpo-polvo, él levanta unos versos que se corresponden con el elan colectivo que reclamaba el tiempo preciso, en el lugar preciso (la sagrada confluencia de tantos músicos humillados por las dictaduras latinoamericanas, Violeta Parra o Víctor Jara por ejemplo). Existen múltiples canciones en las cuales Silvio, desde muy chiquito, ya adivina las voces que le habrán de increpar: el Playa girón, La era está pariendo un corazón, Fusil contra fusil, Ojalá…

Pero hay una, que particularmente me colma de regocijos, que me llena de un impulso vibrante por arrojarlo todo hacia una ventana, para escuchar el crujido de que todo vuelve a comenzar, cuando esas voces-vidrio de Silvio se dirigen hacia ese Principito de Antoine Saint-Exupery, con la canción de “Canción del Elegido”: “el descubrió que las minas del Rey Salomón se hallaban en el cielo, y no en el África ardiente como pensaba la gente…”. No hay que olvidar que Silvio, desde adolescente, fue un gran lector de la literatura fantástica, que una de sus venas fue la tierra medieval, de ese tiempo en que se acunaron los trovadores. No hay que olvidar que Silvio es un trovador. Y que uno de sus mayores logros, y mayores placeres (o el placer en que un artista logra al casar sus sueños de niño con las tareas del presente), es verse como un trovador del futuro. La pieza “Sueño con serpientes”, que tocó en Santa Cruz en una versión increíble gracias a esa maravillosa flautista cuyo nombre jamás conoceremos, es precisamente la epopeya de Virgilio internándose en el infierno de la serpiente, en ese intestino deglutidor (en otras palabras, el sistema), que se come todo lo que vive, pero del cual solo nos salva la palabra, o Silvio, o el cantante cuando “le plantea con un verso una verdad”.

Esa noche, aquella noche de versos y serpientes, aquella noche de trova, de denuedo y de ternura, aquella noche en que viajé, y que me encontré con el hombre, en que me recordé un chico jurando ante una ventana, me devolvió a un hombre viejo, a un tipo que entró con un bastón, pero dispuesto a enseñarme que un viejo sabe mucho más de la música, a aun tipo que seguía enseñándome sobre el amor…

JEAC.

Acerca de javendano77

Chukuta, bolivarista, librepensador, amante de la cultura y de la música.
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